No-masculinidades: el hombre reconocido en la diversidad funcional

PREVIO A LA LECTURA:
Esta aproximación teórica ha sido escrita desde la subjetividad de un cuerpo “capacitado”, cisgénero y femenino. Su lectura habría de complementarse con las voces directamente implicadas -con especial atención a les autores de diversidad funcional- si se tiene el propósito de comprender el objeto de este texto.

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Imagen destacada: Egon Schiele, vía

En tanto que actores sociales pertenecientes a una cultura concreta, los seres humanos estamos regulados y tecnificados por la norma. Es en su cumplimiento o falta de él donde se encuentra la definición de nuestros cuerpos: las personas que se inscriban dentro de la norma (dentro de lo normativo, en otras palabras) se opondrán epistemológicamente a las personas cuyos cuerpos estén al margen de dicha norma, y sufrirán un proceso de exclusión que marcará también cuál es su lugar de enunciación.

El margen implica exclusión, así como invisibilización y pérdida de significado como agente social. El cuerpo del margen -como es el caso del cuerpo masculino “discapacitado”- queda por tanto atravesado por un sistema de invalidación que rechaza su inclusión en la categoría privilegiada -el ser “hombre”, en este caso-.

Este intento teórico pretende realizar una aproximación a la masculinidad no normativa de aquellas personas que sí se identifican con el género masculino pero que son socialmente leídas como no-hombres, y que, por tanto, no cuentan con los privilegios plenos que la masculinidad entraña en el sistema patriarcal. Se podría considerar que se trata de una “masculinidad fallida”, pues no se inscribe dentro del patrón de masculinidad hegemónica, concepto que se abordará más adelante.

Bordieu entendía el cuerpo humano como una construcción en base a relaciones sociales condicionantes, y que -por tanto- tiene más de cultural que de natural. En este sentido, el cuerpo humano sería un cuerpo “desnaturalizado”, de manera estrictamente biológica. A través del cuerpo se comunican (y se leen) diversas condiciones de vida que afectan al individuo: los hábitos de consumo, su clase social, su habitus, su cultura específica… El cuerpo sería, por tanto, un texto donde también se inscriben las relaciones sociales de dominación, incluyendo su carga histórica.

La construcción del cuerpo se identifica asimismo con la percepción social del propio cuerpo que el sujeto incorpora. El cuerpo es aprehendido, pues “las propiedades corporales, en tanto productos sociales son aprehendidas a través de categorías de percepción y sistemas sociales de clasificación que no son independientes de la distribución de las propiedades entre las clases sociales: las taxonomías al uso tienden a oponer jerarquizándolas, propiedades más frecuentes entre los que dominan (es decir las más raras) y las más frecuentes entre los dominados”

En: BOURDIEU, Pierre. Notas provisionales sobre la percepción social del cuerpo. Materiales de Sociología Crítica. Ed. La Piqueta. (1986).

Por ello, la desigualdad social se ordenará también en base a las distribuciones desiguales de los rasgos corporales: los cuerpos que dominen serán los cuerpos legítimos (cuerpos masculinos y capacitados), mientras que los cuerpos dominados serán ilegitimados socialmente (en este caso, cuerpos “arrancados” de la masculinidad por su incapacidad en cuanto a lo normativo). Ambos se relacionan mediante un vínculo de complementariedad: particularmente, este vínculo es el de la capacitación: ser capaz / ser in-capaz.

La diversidad funcional plantea una situación específica en cuanto a la configuración del género, pues esta capacitación es uno de los pilares esenciales en los que se basa la masculinidad. 

La masculinidad es “una categoría social, una organización más o menos coherente de significados y normas que sintetiza una serie de discursos sociales que pretenden definir el término masculino del género. Es un producto del doble paradigma histórico pero naturalizado de la superioridad masculina y de la heterosexualidad. (…) Se trata de una de las dos categorías de la polarizada definición genérica de las personas, que alude a lo que significa ser (y no ser) hombre. Pero es también un formato deseado y una imposición de ser que designa e indica lo atinente -y no atinente- para la pertenencia al colectivo de los hombres. ” (Bonino, 2002).

Ello entra en diálogo con el capacitismo: la creencia de que determinadas capacidades son intrínsecamente superiores a otras, por lo que los individuos que las poseen son también superiores a aquellos que cuentan con capacidades diferentes. Así, se configuran dos tipos de cuerpos: los capacitados y aquellos que no lo están. Su raíz está en la visión medicalizada del cuerpo moderno “normal”, en la que operan asimismo nociones de belleza normativa, (hetero)sexualidad como práctica activa y obligatoria, y funcionalidad eficiente dentro de un sistema capitalista. Así, ser hombre -en el cuadro de los estudios de género feministas-, no representa tanto una realidad biológica, sino una categoría en cuanto a los privilegios sociales de los que se disfruta.

La masculinidad hegemónica -que no se caracteriza por ser la que se presenta esencialmente de manera mayoritaria, sino por ser la socialmente impuesta a través de una determinada subjetividad, corporalidad y posición jerárquica ante otras masculinidades y frente a la feminidad y otras categorías de género- se desarrolla en una serie de elementos que se han mantenido estables desde el Renacimiento. Estos son la independencia, el dominio y la jerarquía. Según Bonino (2002), estos tres ejes se desarrollan en los conceptos de “autosuficiencia prestigiosa”, “heroicidad belicosa”, “respeto a la jerarquía” y “superioridad sobre las mujeres”, articulando un lugar de oposición a estas y, por tanto, a lo que representa la feminidad.

Además, se definen como superiores -y, así, deseables y exigibles en un hombre- los valores masculinos de dominancia, poderío visible, racionalidad, individualidad, eficacia, voluntad de poder, certeza y heterosexualidad (Bonino, 2002). La masculinidad hegemónica, asimismo, se constituye a través del sujeto-hombre con poder sobre los individuos subordinados (sus hijos, su esposa, el resto de mujeres…), lo que configura una sociedad de dominio del varón. Se trata, además, de un sujeto ideal autosuficiente, que se “hace a sí mismo”, capaz y con legitimidad para imponer sus deseos y voluntades.

La ideología del patriarcado, al jerarquizar como valiosos y exclusivamente masculinos estos valores, denostará sus opuestos, a saber: la emocionalidad, la empatía, la solidaridad, el poder como fuerza horizontal… Por ello, a pesar de la existencia de otras masculinidades (como la que proponen los hombres con diversidad funcional), estas no han encontrado la legitimación social que las alce como modelos alternativos de organización identitaria. 

De esta manera, se creará una definición por complementariedad de lo que significa ser mujer/no-hombre. Y es precisamente en esta categoría donde se encuadran los cuerpos sexuados masculinos con diversidad funcional, cuya existencia social como no-hombres puede ser politizada desde la disidencia si se entiende como cuestionamiento de la masculinidad hegemónica. Paul B. Preciado diría a este respecto que se debería hacer “de la vulnerabilidad corporal una plataforma de acción y resistencia común”, estableciendo alianzas con la comunidad transexual, con quien han compartido sistemas de opresión en cuanto a políticas de gestión social del cuerpo, el género y la sexualidad. Así, el cuerpo “incapaz” propone una nueva masculinidad no-dominante, donde la autosuficiencia autoafirmativa no se da como precepto imprescindible.

La anteriormente mencionada “autosuficiente prestigiosa” afirma que los hombres deben cumplir con los mandatos de independencia, iniciativa, autovalorización, ocupación del espacio público, responsabilidad y compromiso único con uno mismo. Esto implica un dominio activo tanto de la realidad como de uno mismo, por lo que se configura socialmente un individuo masculino que actúa, que tiene capacidad a la hora de ejecutar tareas de fuerza, de violencia física o de conquista del espacio. Todo ello está asimismo relacionado con las nociones de potencia sexual y de fertilidad masculina.

En el caso de los cuerpos con diversidad funcional, y a la hora de reconocerlos como individuos masculinos, todos estos valores son negados. La masculinidad del “discapacitado” es entendida sistemáticamente desde la pena o el tratamiento hostil. El cuerpo discapacitado, que generalmente se piensa como un cuerpo masculino, es un cuerpo que ha sufrido históricamente un proceso de de-sexualización, mediante una dinámica infantilizadora que trata de invisibilizar los deseos sexuales en tanto que se conciben como prácticas no-normativas.

En contra de esta línea de pensamiento lucha el colectivo de personas con diversidad funcional Yes, we fuck!, quienes reivindican las vivencias de los “cuerpos con capacidades alternativas” en relación con las sexualidades y sus vínculos afectivos particulares. Raúl de la Morena, director del documental homónimo que recoge las experiencias de seis personas con diversidad funcional, explicó al respecto: A estas personas, además, se les ve incapacitadas para el sexo, se les ve desde una posición infantil o como enfermos, como si hubiera que cuidarles constantemente y no pudieran o debieran tener sexo”.

Por ello, en tanto que herramienta de subversión de la masculinidad hegemónica exclusiva de los cuerpos “capacitados”, desde estos colectivos se proponen reformas de carácter político para la re-apropiación de la sexualidad “discapacitada”. De la Morena plantea la legalización de la asistencia sexual: “La asistencia sexual es una figura que está abierta, a debate sobre las funciones que debe tomar, pero para nosotros es alguien que debe servir de apoyo para las personas con diversidad funcional que no pueden hacer una serie de cosas (…) Si no te puedes masturbar, esta persona te ayuda a masturbarte o te masturba, si hay una pareja o trío o lo que sea, les ayuda a nivel de posiciones para que la pareja o el grupo puedan mantener las relaciones que estimen oportunas”.

En relación con la anteriormente mencionada de-sexualización, los cuerpos femeninos y masculinos con diversidad funcional han sufrido un proceso de homogeneización al respecto de las características sexuales: las diferencias de sexo-género han sido obviadas, invisibilizando aún más las opresiones que sufren los cuerpos en los que interseccionan los ejes de capacitismo y patriarcado. Su lugar lo ha ocupado la “ideología médico-rehabilitadora” dominante (Arnau, 2005), cuya única clasificación social posible se reduce en función de dicho cuerpo “enfermo”. A este respecto, cabe recordar que históricamente el concepto de discapacidad se acuñó en la época moderna, a raíz de la expansión del capitalismo industrial, a finales del siglo XVII.

El cuerpo “discapacitado” masculino se articuló como disfuncional a la hora de servir a la producción material o de servicios en el espacio público, mientras que el cuerpo “discapacitado” femenino fue articulado como disfuncional en lo reproductivo dentro del espacio privado. El patriarcado, para gestionar este último problema, recurrió a la esterilización de las mujeres con diversidad funcional como método de control del cuerpo y la manifestación sexo-reproductiva. En esta línea, tanto la no-masculinidad como la no-feminidad de los cuerpos no normativos en tanto que disfuncionales quedan fuera de las instituciones propias de la modernidad: no son sujetos a los que se les reconozca la legitimidad a la hora de formar una familia, o a la hora de recibir formación en un centro educativo.

En el caso específico de los hombres “discapacitados”, no se les reconoce la capacidad de resultar proveedores de su familia, de conseguir un trabajo remunerado “fuera del hogar” (en el espacio público/masculinizado), no se les reconoce una mínima racionalidad, se les niega todo posible espíritu emprendedor, toda ambición y, por consiguiente, todo futuro éxito. Así, quedan desposeídos de toda masculinidad, pues esta implica la autorrealización en el espacio público, el autodominio y el control en sociedad.

En conclusión, la masculinidad dentro de la diversidad funcional es negada mediante un proceso por el cual el sujeto pasa ser socialmente considerado como un objeto. Esto se justifica apelando a que dicho individuo es incapaz de responder ante los valores que se le exigen como miembro de su género (autosuficiencia, prestigiosidad, individualidad, etc.).

Así, el cuerpo “discapacitado” masculino es colocado en el plano representacional de la otredad, si no en la misma posición que la  clase totalizante de la “mujer”, sí en un lugar fuera de los límites de lo que es ser un “hombre”. Esta organización hace posible que la relación con estos no-hombres se realice desde las dinámicas de la dominación. Así, es posible neutralizar el riesgo potencial que la existencia de estos cuerpos masculinos tiene para el patriarcado. Este riesgo no es otro que el de hacer evidentes los fallos epistemológicos sobre los que se sustenta el privilegio masculino, lo que podría hacer que se tambalearan los anteriormente mencionado mitos de prestigiosidad y autosuficiencia del género dominador.

Por este motivo es precisamente tan importante la visibilización de la compleja red que estructura el género, y, en este caso, la negación de la masculinidad a unos cuerpos masculinos determinados, pues este mecanismo hará posible la apertura de vías de ruptura y deconstrucción del patriarcado si se atacan los flancos contradictorios y opresivos que sustenta, entre otros, los límites de la masculinidad hegemónica.


 

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