De realidades e imaginaciones

Un hombre mata. No en defensa propia. No por venganza. Ni por necesidad. Aunque, bien mirado, quizás la necesidad sí que es el motivo de su asesinato: la necesidad de alimentar la máquina devoradora e irresistible que parece ser la televisión. Este hombre es Wallace Souza, productor brasileño de televisión, presentador de un programa de sucesos de considerable éxito en su país.

Souza, no conforme con actuar como transmisor de información acerca de violaciones, descuartizamientos y diversas y pavorosas ejecuciones, decidió ocupar el papel de productor de la misma: encargar asesinatos tan solo para conseguir la exclusiva a la hora de retransmitir su muerte. Y es que la moralidad es un accesorio inútil (o hasta contraproducente) en la demente carrera por aumentar los índices de audiencia. La perversión profesional roza en este caso los límites pesadillescos, en los que la vida de los seres humanos no vale más que unos segundos en la televisión más morbosa y repugnante.

Vargas Llosa retoma en su texto esta historia que más bien parece sacada del argumento de una novela distópica, y analiza las implicaciones que tiene en tanto que reflejo de la sociedad-espectáculo en la que estamos sumergidos.

Como no podría ser de otro modo, se escandaliza ante la perspectiva -cada vez más plausible- de que el ser humano no viva en el mundo real, sino en las interpretaciones que del mismo hacen los medios de comunicación. Cada vez, la línea de ficción y realidad se desdibuja más, acercando a lo real el extremo del terror más absoluto.

Nos podríamos preguntar, llegados a este punto, si es que acaso la realidad sigue existiendo o ha quedado sepultada entre las toneladas de realidades alternativas que los media nos ofrecen.

Es pertinente en este caso citar a Walter Lippman y su teoría acerca de la existencia de un “pseudoambiente”, que se infiltra entre la persona y la realidad (el ambiente). Este “pseudoambiente” se crea a partir de los estereotipos, ficciones e interpretaciones que transmiten los medios de comunicación (y, muy especialmente, la televisión), que construyen una “realidad paralela” en las mentes de los espectadores. Según Lippman, estos espectadores (que son en última instancia seres humanos, no lo olvidemos) toman como verdad este “pseudoambiente” y por tanto, actúan en consecuencia a estas imágenes de la realidad y no en cuanto a la realidad misma. Esto ha recibido el nombre de “tragedia del mundo real”, pues este mundo ha sido engullido por la fuerza brutal de lo transmitido, que nos envuelve.

En relación con el asunto Souza, lo real -la muerte- tendría que pasar indefectiblemente por esa trituradora catódica encargada de banalizar la propia realidad: se subvierte por tanto el orden realidad-representación, siendo esta última la balanza ética del ser humano: todo vale siempre y cuando haya una cámara que lo grabe. El “aura”, que tanto obsesionaba a Walter Benjamin, se nos está arrebatando en nuestra dimensión de seres humano en favor del consumo masivo, en una maniobra de prostitución mediática por la que estamos siendo negados en esencia sistemáticamente (decía Adorno que “En los hombres la alienación se pone de manifiesto sobre todo en el hecho de que las distancias desaparecen”).

Tampoco podemos olvidar a Giovani Sartori, investigador del siglo XX, quien introdujo el concepto homo videns (el hombre que ve), en contraposición al homo sapiens (que piensa): pensamiento y palabra están perdiendo la batalla ante la imagen. Dichas imágenes no se interpretan, no se analizan, por lo que resultan insignificantes y sin importancia. Las implicaciones socio-políticas de este concepto resultan devastadoras, pues la sociedad se convertiría (¿es demasiado optimista emplear el condicional a estas alturas?) en una suerte de megamaquinaria teledirigida a la manera orwelliana, en el que la alienación sería tan potente que todo ser quedaría extinguido ante el poder icónico.

Por último, entra también en juego la “teoría del cultivo” de Gerbner, que defendía que la dieta mediática caracterizada por el consumo reiterado de violencia (como ejemplo, el programa que conducía Souza) tenía como consecuencia la concepción de que ésta era la norma social, lo que conlleva una pérdida de la capacidad de entender sus consecuencias y una pérdida considerable de empatía, además de la sensación de inseguridad y vulnerabilidad que se produce en el espectador frente a la interacción en el mundo “real”. La realidad se convierte en amenazante, en peligrosa, por lo que la imagen toma el papel de lo seguro, de lo preferible. Se da, por tanto, una vampirización de lo real, lo que acaba por alimentar una masa crítica paranoica y pesimista, una masa fácilmente manipulable a través del miedo. Esto serviría, además, de gran utilidad para la carera política de Souza, que podría presentarse como el líder de la imagen, el que salvaría al individuo de la realidad.

Tras todo esto, tan solo cabe preguntarnos si la existencia no es más que un elemento narrativo que sirve para tejer el guión ficticio con el que encadenar a la pantalla al resto de las existencias.

¿Hemos llegado acaso al punto en el que solo somos a través de cómo nos narramos?

-BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA Y ENLACES DE INTERÉS-

  • LIPPMAN, Walter. La opinión pública. Cuadernos de Langre (2003). 334 páginas. ISBN: 9788493238131
  • BENJAMIN, Walter. La obra de arte en la época de su reproducción mecánica. Casimiro Libros (2010). 64 págs. ISBN: 9788493837525

Anuncios