Reseña de “No Logo”, de Naomi Klein

¿Qué es la globalización? ¿Qué es lo que implica para el mundo desarrollado? ¿Y para aquel que está en vía de desarrollo? ¿Cuáles son sus efectos perversos?

Tales parecen ser las premisas sobre las que se asienta No Logo, primera obra capital de la periodista e investigadora canadiense Naomi Klein, quien también trabajó como columnista del Toronto Star y editora de This Magazine y como colaboradora habitual en The Nation y en The Guardian. Actualmente, su figura pública se ha consolidado como referente en los movimientos críticos con la globalización.

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Su trabajo como investigadora levita alrededor de temas que tocan muy de cerca el fenómeno del consumismo como manifestación propia del capitalismo tardío, entre los que destacan la globalización, el postcolonialismo, el altermundialismo, la cultura de masas y la economía de la tercera vía (aquella que intenta aunar los postulados socialistas con los principios del capitalismo).
Sus obras más destacadas son la ya mencionada No Logo, cuyo subtítulo (“el poder de las marcas”) resulta ciertamente elocuente acerca de su contenido; La doctrina del shock,donde se defiende que la fase final del capitalismo está abocada a la destrucción creativa; y Esto lo cambia todo: el capitalismo contra el clima, donde se plantea el debate entre el sistema de producción económico y la sostenibilidad.

El libro en cuestión, No Logo, fue publicado en el año 2000, antes de la explosión de las redes sociales digitales, aunque ya en la obra se preconizaba la importancia de estas junto con la por entonces reciente comunicación por Internet.
El libro se estructura en cuatro bloques ­“Sin espacio”, “Sin opciones”, “Sin trabajo” y “No logo”­, en los que se abordan diferentes problemáticas acerca de la omnipotencia de las marcas en un contexto globalizado de capitalismo tardío, junto a una breve introducción y una conclusión final. También se adjunta un apéndice, donde se incluyen datos estadísticos y relaciones histórico­económicas que sirven como información de apoyo a lo expuesto durante el libro.

En primer lugar, “Sin espacio” plantea al lector el cuestionamiento acerca de la noción de lo que es una marca y cómo se construye en un entorno globalizado, donde su impacto podría parecer difuso.

La marca en el capitalismo tardío, argumenta Klein, aumenta su valor en el mercado únicamente mediante el proceso de comercialización de productos, y no mediante la fabricación de los mismos. El objetivo se encuentra en “retirar sus inversiones del mundo de las cosas”, pues en la sociedad del conocimiento el valor económico solo puede ser explotado mediante la producción de imágenes potentes y no de bienes materiales. Esto deriva en la radical importancia de la mercadotecnia,por la que se induce al deseo de una imagen, en un proceso de creación aspiracional, en lugar del deseo de un producto tangible. De esta manera, las marcas han conseguido “transformar un producto masivo en una elección identitaria”: el ejemplo más recurrente es el de Nike, que consiguió pasar de ser una marca dedicada a la venta de zapatillas a representar la quintaesencia del espíritu del deporte, encarnando valores humanos de competitividad y auto­superación (gracias, entre otros, al célebre eslógan de “Just Do It”) que trascienden la mera fabricación de bienes.

Este paso de la venta de bienes a la venta de imágenes por parte de las marcas se llevó a cabo mediante múltiples estrategias. Entre ellas, la que destaca en primer lugar es la inundación del espacio público (publicidad exterior con distintos grados de agresividad) así como el privado (publicidad insertada en medios de comunicación de masas que se consumen generalmente en la intimidad del hogar, con especial mención a la televisión) y el educativo (patrocinio de determinados estudios en prestigiosas universidades) por parte de mensajes de venta. Las marcas se conviertan así en depredadoras del espacio, donde cazan a su público objetivo/presa mediante la persecución constante.
En segundo lugar, fagocitan y se apropian de códigos culturales mediante la práctica del cool­hunting:fue el caso de la comunidad negra en Estados Unidos, sistemáticamente empobrecida y desempoderada, cuya cultura fue sin embargo apropiada por las marcas en un intento de resultar transgresoras durante la década de los ‘90, época de auge mediático del hip hop. Esto está íntimamente relacionado con la evolución se ha llevado a cabo, por la que las marcas ya no patrocinan cultura, sino que son ellas mismas las que se erigen como tal.
Por último, para garantizar su supervivencia, absorben todo posible posicionamiento disidente por parte de los consumidores: adoptaron el distanciamiento consumista mediante la ironía (actual comercialización de lo hipster), adoptaron el rechazo ante el mercado de masas (mainstream)mediante la comercialización de lo “indie” y también adoptaron el intento de escapar hacia el pasado mediante la moda de lo “retro”.

En este análisis de la tendencia hacia el “canibalismo” por parte de las marcas, se dirá a propósito de las luchas de género, raza e identidad sexual:

“¿por qué nuestras ideas políticas resultan tan poco amenazadoras para la buena marcha de los negocios? (…) Disney World celebra el Día del Orgullo Gay no tanto porque sea progresista, sino porque le resulta económicamente rentable (…) La industria de la cultura necesita un suministro ininterrumpido de estilos con todos los colores del arco iris, para que los empaqueten y vendan”.

Con esta declaración, Klein realiza una autocrítica a sus prácticas de oposición juvenil a la industria respecto a la representatividad de las distintas identidades: la militancia en la imagen (por ejemplo, en la reclamación de la inclusión de más personajes públicos abiertamente homosexuales en los anuncios publicitarios) son fácilmente aceptables por la industria,ya que no ponen en duda las relaciones de propiedad, sino que solo operan en el orden de lo simbólico. Sin embargo, sin restar importancia a estas luchas, propone poner el foco en la militancia de las acciones,es decir, aquellas que se centran en aspectos tangibles, como son las prácticas económicas y laborales abusivas que llevan a cabo dichas empresas.

En el siguiente apartado, “Sin opciones”,será precisamente este el tema central: las prácticas abusivas de las empresas en el mercado capitalista, con faltas graves a la competencia y a la libertad de elección por parte de los consumidores.
La primera estrategia de elusión a las leyes del mercado de competencia perfecta es la conocida como extensión de marca:esta se apropia de todo el espacio disponible a través de la publicidad y cambia de este modo el diseño de ciudad mediante las dinámicas impuestas de consumo. Así, la ciudad queda configurada por el flujo del intercambio comercial, con calles dedicadas exclusivamente a las ventas, espacios privilegiados ocupados por sedes de grandes marcas, espacios públicos inundados de vallas publicitarias e incluso barrios de la periferia construidos en torno a los grandes centros comerciales de extrarradio. El caso más extremo se da cuando todo un pueblo es comprado por una empresa como emblema de marca, como ocurrió en el caso de Celebration, un pueblo de Florida construido bajo la batuta de The Walt Disney Company.
Sin embargo, estas relaciones son unidireccionales, por lo que la marca siempre mantiene el control acerca de quién maneja su discurso. Mediante los derechos de copyright,no es reapropiable por parte de la ciudadanía, que tan solo puede ser consumidora y a la que se le niega institucionalmente su derecho a vivir en un entorno no contaminado por la publicidad.

Otra práctica habitual es la de category killing (“asesinato de una categoría”). Se da cuando una marca arrasa con su sector de mercado y aniquila su competencia. Esto tiene lugar mediante los beneficios que aporta la economía de escala, por la que una gran multinacional puede ofrecer sus productos a un precio menor del que podría hacerlo un pequeño comercio. Con estos beneficios, será capaz de posicionar sus locales en los lugares de mayor tránsito de público, por lo que sus ventas potenciales se incrementarán. La evolución de este proceso ahoga a los pequeños comercios, que ven cómo todos los locales de una ciudad son adquiridos por una sola empresa, no tanto para vender en ellos sus productos y conseguir beneficios en todas las tiendas, sino para evitar que esos espacios sean ocupados por la competencia de menor tamaño. Ello explica por qué en los centros de las grandes ciudades se llegan a ver hasta cinco locales pertenecientes a una misma marca en calles transitadas que no superan la longitud de un kilómetro. Un ejemplo sería el caso de Starbucks, cuya estrategia

de posicionamiento por category killing ha significado el cierre de numerosas cafeterías pequeñas que no tienen una marca detrás que se encargue de diferenciar sus productos mediante mercadotecnia para hacerlos deseables a la demanda.

Como último ejemplo, se señala cómo las marcas determinan la agenda de lo que se puede o no producir, muy específicamente en el campo de la cultura. Este detalle es especialmente relevante si consideramos que son las manifestaciones culturales las que ­de manera general­ se colocan como vehículos de vanguardia en cuanto a reivindicaciones y críticas sociales.

En este sentido, se muestra un ejemplo bastante elocuente en el caso de las discográficas musicales, que únicamente producen discos cuyo contenido sepan que va a ser conseguir ser colocado en las estanterías por el gigante estadounidense de las compras minoristas Wal­Mart, un “supermercado para toda la familia”. De hecho, en algunos casos, incluso se llega a consultar a los encargados de la cadena de distribución de Wal­Mart si están de acuerdo con la portada o la lista de títulos de canciones de un determinado disco. Un ejemplo se dio en el caso del celebérrimo grupo de grunge Nirvana, que fue obligado a crear una portada especial de su obra In Utero para que Wal­Mart aceptara distribuirlas. La imagen original mostraba una figura femenina alada donde se apreciaban los músculos, como si de una ilustración de ciencia anatómica se tratara.

Como resumen a este bloque, Klein dibuja un paisaje comercial no excesivamente alentador y cuasi­distópico:

“ El cuadro que se nos ofrece es el de un estado fascista donde  todos saludamos el logo y donde tenemos pocas posibilidades de criticarlo, porque nuestros periódicos, nuestras emisoras de TV, los servidores de Internet, las calles y los espacios minoristas están controlados por los intereses corporativos multinacionales”.

A continuación, el tercer bloque que se aborda es “Sin trabajo”,acerca de la precarización laboral tanto en el considerado “primer” como en el llamado “tercer” mundo. Aunque es evidente que las condiciones laborales no son equiparables en términos de explotación, sí es relevante analizar cómo las relaciones entre élite capitalista y asalariados se replican en ambos contextos.

Como ya se ha adelantado, el mercado de trabajo ha debido adaptarse a una nueva situación empresarial: las grandes corporaciones ya no producen directamente los bienes que venden, sino que se limitan a crear una imagen de marca con la única misión de poder comercializarlos.

Sin embargo, y como es obvio, dichos productos han de ser fabricados por algún eslabón de la cadena: es proceso se externaliza y se delega en los contratistas,que localizan su

producción en zonas de países en vías de desarrollo donde los Estados reducen al mínimo o eliminan los impuestos a pagar con el fin de que las empresas “creen trabajo” en sus áreas productivas. Sin embargo, esta promesa de trabajo a cambio de exenciones fiscales encierra un ciclo abusivo de condiciones laborales pésimas:entre otros, las jornadas laborales se alargan hasta las catorce horas, los espacios de trabajo son insalubres, todo intento de sindicación por parte de los trabajadores es perseguido, se niega todo derecho laboral, y todo aquel que pretenda poner en duda el sistema de explotación es sistemáticamente víctima de brutales palizas o, en los casos más extremos, la muerte. Un trabajador al que Klein consiguió entrevistar lo resumía con estas palabras: “aquí se puede morir uno, literalmente, de tanto trabajar”.

Esta situación tiene su reflejo en los países del llamado “primer mundo”, al que van dirigidos los productos que se fabrican en condiciones de explotación y de los que las marcas se desentienden en tanto que no es “un proceso interno”, ya que está externalizado: los empleos que ofrecen las empresas que existen detrás de las grandes marcas tampoco plantean una situación mucho mejor para estos trabajadores.

En este caso, surgen los “McJobs”, un juego de palabras que surgió a raíz de la principal y primera marca que comenzó a ofrecer trabajo precario a gran escala (McDonalds), que conjuga en consonancia los productos que ofrece (junk food ­ comida basura) y los empleos que crea (junk jobs­ trabajos basura).

Los McJobs (que no son exclusivos de la citada cadena de comida rápida, sino que han sido imitados por la mayoría de las grandes marcas en sus tiendas del “mundo desarrollado”) se caracterizan por un sueldo ínfimo, la poca estabilidad laboral, la infantilización del trabajador (quien, a saber de las condiciones que le son ofertadas ­bajo sueldo y baja duración, sin posibilidad de crear planes a largo plazo­, pareciera que no necesita el trabajo, que es solo un juego que realiza por placer), así como por la simplicidad de las tareas y en caso de intento de sindicación, la recurrencia al acoso laboral.

Este sistema encierra la paradoja de que los propios empleados de la cadena de cafeterías Starbucks no puedan permitirse consumir en los establecimientos en los que trabajan: “con lo que gano a la hora no podría comprarme ni dos capuchinos”.

Por último, el cuarto bloque lleva el título de “No logo” y en él se plantean ciertas líneas de acción para la militancia en oposición a las multinacionales.Se trata de un intento de revalorizar la capacidad de defensa de los ciudadanos en su conjunto frente a los recursos y abusos inmensos de las marcas. No es, por tanto, un rechazo frontal al proceso de globalización, sino la convicción firme de que dicho proceso no debería quedar por completo en manos de las grandes corporaciones.

Así, reivindica la rebeldía consciente,que se estructura a través de métodos

contestatarios ante la tiranía omnívora de las marcas: los graffiti como formas de reclamar el espacio público ante la invasión publicitaria de intereses privados, los fanzines autoeditados, los foros de Internet como nuevos ágoras del 2.0 …

Todo ello conforma un texto en el que se conjuga el análisis cultural, el manifiesto político y la investigación periodística, lo que lo ha llevado a ser considerado como el primer libro de gran alcance sobre resistencia y autodeterminación en un mundo de marcas.

A propósito de la publicación de No Logo, Mark Kingwell, profesor de Filosofía de la Universidad de Toronto, dedicó estas palabras a la obra, que aparecen en su contraportada: “implacable, apasionado y profundamente inteligente, este es el mejor libro sobre la cultura de las marcas publicado hasta la fecha. Y es más, Klein va más allá del simple análisis del consumismo y se pregunta qué debemos hacer, como ciudadanos del mundo, para recuperar nuestro espacio público y nuestra identidad privada”.

No Logo ha conseguido mantener su relevancia más de diez años después de su publicación, pues el proceso de globalización se ha hecho ya ineludible, por lo que el análisis del mundo corporativo y repleto de marcas se hace imprescindible en un contexto en el que este es más poderoso que nunca.

La depresión económica, inscrita en un proceso de capitalismo tardío y post­-industrial en el contexto de la sociedad del conocimiento (donde la esencia no está ya en el tráfico de mercancías y en la fabricación de bienes, sino en la gestión de la cultura, de la información y del discurso, en base a la desmaterialización de la economías), ha puesto nuevamente en tela de juicio la viabilidad humanadel sistema productivo en el que se centra esta obra.

Tan solo queda recordar, como último apunte, la tragedia del colapso de la fábrica de Rana Plaza en Bangladesh, donde en 2013 murieron o resultaron heridas un total de más de tres mil personas, trabajadores que también forman parte de nuestra aldea global.


 

WEBGRAFÍA

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No-masculinidades: el hombre reconocido en la diversidad funcional

PREVIO A LA LECTURA:
Esta aproximación teórica ha sido escrita desde la subjetividad de un cuerpo “capacitado”, cisgénero y femenino. Su lectura habría de complementarse con las voces directamente implicadas -con especial atención a les autores de diversidad funcional- si se tiene el propósito de comprender el objeto de este texto.

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Imagen destacada: Egon Schiele, vía

En tanto que actores sociales pertenecientes a una cultura concreta, los seres humanos estamos regulados y tecnificados por la norma. Es en su cumplimiento o falta de él donde se encuentra la definición de nuestros cuerpos: las personas que se inscriban dentro de la norma (dentro de lo normativo, en otras palabras) se opondrán epistemológicamente a las personas cuyos cuerpos estén al margen de dicha norma, y sufrirán un proceso de exclusión que marcará también cuál es su lugar de enunciación.

El margen implica exclusión, así como invisibilización y pérdida de significado como agente social. El cuerpo del margen -como es el caso del cuerpo masculino “discapacitado”- queda por tanto atravesado por un sistema de invalidación que rechaza su inclusión en la categoría privilegiada -el ser “hombre”, en este caso-.

Este intento teórico pretende realizar una aproximación a la masculinidad no normativa de aquellas personas que sí se identifican con el género masculino pero que son socialmente leídas como no-hombres, y que, por tanto, no cuentan con los privilegios plenos que la masculinidad entraña en el sistema patriarcal. Se podría considerar que se trata de una “masculinidad fallida”, pues no se inscribe dentro del patrón de masculinidad hegemónica, concepto que se abordará más adelante.

Bordieu entendía el cuerpo humano como una construcción en base a relaciones sociales condicionantes, y que -por tanto- tiene más de cultural que de natural. En este sentido, el cuerpo humano sería un cuerpo “desnaturalizado”, de manera estrictamente biológica. A través del cuerpo se comunican (y se leen) diversas condiciones de vida que afectan al individuo: los hábitos de consumo, su clase social, su habitus, su cultura específica… El cuerpo sería, por tanto, un texto donde también se inscriben las relaciones sociales de dominación, incluyendo su carga histórica.

La construcción del cuerpo se identifica asimismo con la percepción social del propio cuerpo que el sujeto incorpora. El cuerpo es aprehendido, pues “las propiedades corporales, en tanto productos sociales son aprehendidas a través de categorías de percepción y sistemas sociales de clasificación que no son independientes de la distribución de las propiedades entre las clases sociales: las taxonomías al uso tienden a oponer jerarquizándolas, propiedades más frecuentes entre los que dominan (es decir las más raras) y las más frecuentes entre los dominados”

En: BOURDIEU, Pierre. Notas provisionales sobre la percepción social del cuerpo. Materiales de Sociología Crítica. Ed. La Piqueta. (1986).

Por ello, la desigualdad social se ordenará también en base a las distribuciones desiguales de los rasgos corporales: los cuerpos que dominen serán los cuerpos legítimos (cuerpos masculinos y capacitados), mientras que los cuerpos dominados serán ilegitimados socialmente (en este caso, cuerpos “arrancados” de la masculinidad por su incapacidad en cuanto a lo normativo). Ambos se relacionan mediante un vínculo de complementariedad: particularmente, este vínculo es el de la capacitación: ser capaz / ser in-capaz.

La diversidad funcional plantea una situación específica en cuanto a la configuración del género, pues esta capacitación es uno de los pilares esenciales en los que se basa la masculinidad. 

La masculinidad es “una categoría social, una organización más o menos coherente de significados y normas que sintetiza una serie de discursos sociales que pretenden definir el término masculino del género. Es un producto del doble paradigma histórico pero naturalizado de la superioridad masculina y de la heterosexualidad. (…) Se trata de una de las dos categorías de la polarizada definición genérica de las personas, que alude a lo que significa ser (y no ser) hombre. Pero es también un formato deseado y una imposición de ser que designa e indica lo atinente -y no atinente- para la pertenencia al colectivo de los hombres. ” (Bonino, 2002).

Ello entra en diálogo con el capacitismo: la creencia de que determinadas capacidades son intrínsecamente superiores a otras, por lo que los individuos que las poseen son también superiores a aquellos que cuentan con capacidades diferentes. Así, se configuran dos tipos de cuerpos: los capacitados y aquellos que no lo están. Su raíz está en la visión medicalizada del cuerpo moderno “normal”, en la que operan asimismo nociones de belleza normativa, (hetero)sexualidad como práctica activa y obligatoria, y funcionalidad eficiente dentro de un sistema capitalista. Así, ser hombre -en el cuadro de los estudios de género feministas-, no representa tanto una realidad biológica, sino una categoría en cuanto a los privilegios sociales de los que se disfruta.

La masculinidad hegemónica -que no se caracteriza por ser la que se presenta esencialmente de manera mayoritaria, sino por ser la socialmente impuesta a través de una determinada subjetividad, corporalidad y posición jerárquica ante otras masculinidades y frente a la feminidad y otras categorías de género- se desarrolla en una serie de elementos que se han mantenido estables desde el Renacimiento. Estos son la independencia, el dominio y la jerarquía. Según Bonino (2002), estos tres ejes se desarrollan en los conceptos de “autosuficiencia prestigiosa”, “heroicidad belicosa”, “respeto a la jerarquía” y “superioridad sobre las mujeres”, articulando un lugar de oposición a estas y, por tanto, a lo que representa la feminidad.

Además, se definen como superiores -y, así, deseables y exigibles en un hombre- los valores masculinos de dominancia, poderío visible, racionalidad, individualidad, eficacia, voluntad de poder, certeza y heterosexualidad (Bonino, 2002). La masculinidad hegemónica, asimismo, se constituye a través del sujeto-hombre con poder sobre los individuos subordinados (sus hijos, su esposa, el resto de mujeres…), lo que configura una sociedad de dominio del varón. Se trata, además, de un sujeto ideal autosuficiente, que se “hace a sí mismo”, capaz y con legitimidad para imponer sus deseos y voluntades.

La ideología del patriarcado, al jerarquizar como valiosos y exclusivamente masculinos estos valores, denostará sus opuestos, a saber: la emocionalidad, la empatía, la solidaridad, el poder como fuerza horizontal… Por ello, a pesar de la existencia de otras masculinidades (como la que proponen los hombres con diversidad funcional), estas no han encontrado la legitimación social que las alce como modelos alternativos de organización identitaria. 

De esta manera, se creará una definición por complementariedad de lo que significa ser mujer/no-hombre. Y es precisamente en esta categoría donde se encuadran los cuerpos sexuados masculinos con diversidad funcional, cuya existencia social como no-hombres puede ser politizada desde la disidencia si se entiende como cuestionamiento de la masculinidad hegemónica. Paul B. Preciado diría a este respecto que se debería hacer “de la vulnerabilidad corporal una plataforma de acción y resistencia común”, estableciendo alianzas con la comunidad transexual, con quien han compartido sistemas de opresión en cuanto a políticas de gestión social del cuerpo, el género y la sexualidad. Así, el cuerpo “incapaz” propone una nueva masculinidad no-dominante, donde la autosuficiencia autoafirmativa no se da como precepto imprescindible.

La anteriormente mencionada “autosuficiente prestigiosa” afirma que los hombres deben cumplir con los mandatos de independencia, iniciativa, autovalorización, ocupación del espacio público, responsabilidad y compromiso único con uno mismo. Esto implica un dominio activo tanto de la realidad como de uno mismo, por lo que se configura socialmente un individuo masculino que actúa, que tiene capacidad a la hora de ejecutar tareas de fuerza, de violencia física o de conquista del espacio. Todo ello está asimismo relacionado con las nociones de potencia sexual y de fertilidad masculina.

En el caso de los cuerpos con diversidad funcional, y a la hora de reconocerlos como individuos masculinos, todos estos valores son negados. La masculinidad del “discapacitado” es entendida sistemáticamente desde la pena o el tratamiento hostil. El cuerpo discapacitado, que generalmente se piensa como un cuerpo masculino, es un cuerpo que ha sufrido históricamente un proceso de de-sexualización, mediante una dinámica infantilizadora que trata de invisibilizar los deseos sexuales en tanto que se conciben como prácticas no-normativas.

En contra de esta línea de pensamiento lucha el colectivo de personas con diversidad funcional Yes, we fuck!, quienes reivindican las vivencias de los “cuerpos con capacidades alternativas” en relación con las sexualidades y sus vínculos afectivos particulares. Raúl de la Morena, director del documental homónimo que recoge las experiencias de seis personas con diversidad funcional, explicó al respecto: A estas personas, además, se les ve incapacitadas para el sexo, se les ve desde una posición infantil o como enfermos, como si hubiera que cuidarles constantemente y no pudieran o debieran tener sexo”.

Por ello, en tanto que herramienta de subversión de la masculinidad hegemónica exclusiva de los cuerpos “capacitados”, desde estos colectivos se proponen reformas de carácter político para la re-apropiación de la sexualidad “discapacitada”. De la Morena plantea la legalización de la asistencia sexual: “La asistencia sexual es una figura que está abierta, a debate sobre las funciones que debe tomar, pero para nosotros es alguien que debe servir de apoyo para las personas con diversidad funcional que no pueden hacer una serie de cosas (…) Si no te puedes masturbar, esta persona te ayuda a masturbarte o te masturba, si hay una pareja o trío o lo que sea, les ayuda a nivel de posiciones para que la pareja o el grupo puedan mantener las relaciones que estimen oportunas”.

En relación con la anteriormente mencionada de-sexualización, los cuerpos femeninos y masculinos con diversidad funcional han sufrido un proceso de homogeneización al respecto de las características sexuales: las diferencias de sexo-género han sido obviadas, invisibilizando aún más las opresiones que sufren los cuerpos en los que interseccionan los ejes de capacitismo y patriarcado. Su lugar lo ha ocupado la “ideología médico-rehabilitadora” dominante (Arnau, 2005), cuya única clasificación social posible se reduce en función de dicho cuerpo “enfermo”. A este respecto, cabe recordar que históricamente el concepto de discapacidad se acuñó en la época moderna, a raíz de la expansión del capitalismo industrial, a finales del siglo XVII.

El cuerpo “discapacitado” masculino se articuló como disfuncional a la hora de servir a la producción material o de servicios en el espacio público, mientras que el cuerpo “discapacitado” femenino fue articulado como disfuncional en lo reproductivo dentro del espacio privado. El patriarcado, para gestionar este último problema, recurrió a la esterilización de las mujeres con diversidad funcional como método de control del cuerpo y la manifestación sexo-reproductiva. En esta línea, tanto la no-masculinidad como la no-feminidad de los cuerpos no normativos en tanto que disfuncionales quedan fuera de las instituciones propias de la modernidad: no son sujetos a los que se les reconozca la legitimidad a la hora de formar una familia, o a la hora de recibir formación en un centro educativo.

En el caso específico de los hombres “discapacitados”, no se les reconoce la capacidad de resultar proveedores de su familia, de conseguir un trabajo remunerado “fuera del hogar” (en el espacio público/masculinizado), no se les reconoce una mínima racionalidad, se les niega todo posible espíritu emprendedor, toda ambición y, por consiguiente, todo futuro éxito. Así, quedan desposeídos de toda masculinidad, pues esta implica la autorrealización en el espacio público, el autodominio y el control en sociedad.

En conclusión, la masculinidad dentro de la diversidad funcional es negada mediante un proceso por el cual el sujeto pasa ser socialmente considerado como un objeto. Esto se justifica apelando a que dicho individuo es incapaz de responder ante los valores que se le exigen como miembro de su género (autosuficiencia, prestigiosidad, individualidad, etc.).

Así, el cuerpo “discapacitado” masculino es colocado en el plano representacional de la otredad, si no en la misma posición que la  clase totalizante de la “mujer”, sí en un lugar fuera de los límites de lo que es ser un “hombre”. Esta organización hace posible que la relación con estos no-hombres se realice desde las dinámicas de la dominación. Así, es posible neutralizar el riesgo potencial que la existencia de estos cuerpos masculinos tiene para el patriarcado. Este riesgo no es otro que el de hacer evidentes los fallos epistemológicos sobre los que se sustenta el privilegio masculino, lo que podría hacer que se tambalearan los anteriormente mencionado mitos de prestigiosidad y autosuficiencia del género dominador.

Por este motivo es precisamente tan importante la visibilización de la compleja red que estructura el género, y, en este caso, la negación de la masculinidad a unos cuerpos masculinos determinados, pues este mecanismo hará posible la apertura de vías de ruptura y deconstrucción del patriarcado si se atacan los flancos contradictorios y opresivos que sustenta, entre otros, los límites de la masculinidad hegemónica.


 

CONTINÚA LA LECTURA: WEBGRAFÍA Y ENLACES DE INTERÉS

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